Colegiata de Torrijos

Colegiata de Torrijos.

Texto tomado de la novela Una memoria sin rencor.

Tenía Liberio 31 años de edad cuando cosechó su primer gran éxito con la organización en Torrijos en aquel simposio. Era un hombre de complexión recia, de fuerza física hercúlea, seco de carnes, deportista, cara chupada, muy alto, de nervios irrefrenables, talento lúcido, de corazón ardiente, gran madrugador y amigo de los pobres.

El sacerdote llegó a un pueblo rico, pero con un pequeño término municipal que determinaba su escasa vocación agrícola. Sin embargo,  sus decididos comerciantes elevaron al municipio a la cúspide económica provincial. Destacados empresarios abrieron las oficinas del primer banco de la comarca y una gran fábrica de conservas que empleaba a un importante número de jovencitas. También, una sociedad llamada Electra, que tenía su sede en el centro de la población, explotaba una central eléctrica en el río Tajo: suministraba fluido a toda la zona y, en especial, a una fábrica de harinas de la cual era titular aquella entidad.

El pueblo de Torrijos, en 1926, era caliente y soleado en verano, rico en olivas, con las casas pintadas tan blancas que a Liberio aún le dolía la vista al recordarlas. En estos tiempos, frente a la portada plateresca de poniente de la Colegiata se encontraba la Fuente de la Plaza, manando agua por las bocas. A su alrededor, las mozas con los cántaros reflejaban sus caras en el espejo de las cristalinas aguas de sus pilones. Y en el silencio supremo de la media noche, los chorros de la fuente continuaban alegrando el sueño de los vecinos porque discurrían por un inagotable conducto subterráneo conocido como La Mina de los Frailes, que también abastecía de agua al Monasterio de Santa María de Jesús y al Palacio de los Duques de Maqueda. En la plaza estaba el ayuntamiento, que era grande y cuadrado, con una torre en medio, y en la torre un reloj, blanco y redondo como una hostia, parado siempre a las a las doce, como si el pueblo no necesitase de su servicio, sino solo de su adorno.

El camión de milicianos aparcó debajo del reloj, en la misma puerta del ayuntamiento, con los dos sacerdotes, pero solo sacaron a Liberio para someterle a una farsa de juicio popular. Bajó por su propio pie, con entereza. Al entrar en el ayuntamiento se quitó el gorro de la CNT en señal de respeto, igual que hacía cuando llevaba la teja. Previamente, la llegada de la expedición fue recibida por una turba frenética encabezada por los miembros más destacados del comité, en cuya sede se celebró el juicio cuya sentencia ya era conocida por todos desde hacía días.

—Liberio, estás aquí porque la República te ha privado de libertad —dijo un miliciano muy redicho, con rasgos de profesor o maestro de escuela—. En condiciones normales los delitos que se te imputan serían sometidos a los tribunales ordinarios, pero la guerra impide la función normal de la justicia.

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Fotografía de Nicolás Müller Grossman. Fachada principal de la Colegiata, hacía 1955.

 

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Juan Antonio Morales Gutiérrez
moralesgutierrez@telefonica.net

Guti para los amigos. Abogado en ejericio e investigador. Autor del libro: Una memoria sin rencor, ambientando en la Segunda República y posterior conflicto bélico

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