Antonio Castejón en El Casar de Escalona (TOLEDO)

La batalla de El Casar de Escalona (Toledo), tomada de la novela Una memoria sin rencor.

Ahora, Castejón estaba sentado en una silla de tijera que había dispuesto para él un asistente. Desde el punto más alto, debajo de las ramas de una encina, contemplaba el escenario de la batalla. Recorrió con sus prismáticos las líneas de sus soldados que se preparaban para atacar el pueblo. Allí abajo, en los áridos campos de El Casar de Escalona, muy próximos a la carretera de Extremadura, la tierra iba a cubrirse de cadáveres en el curso de una feroz batalla. A lo lejos, sus soldados iban avanzando en hilera. Más atrás, un escuadrón de legionarios y marroquíes. En la parte más próxima a Castejón, junto a los camiones, un batallón de la Legión y dos compañías de moros regulares. Y por último, una docena de mulas llevaban en sus lomos las ametralladoras.

A Castejón le sorprendió la extraña tranquilidad que se respiraba a tan solo un kilómetro de su objetivo. Sabía que el enemigo estaba bien parapetado, pero no había otra opción que cargar  a campo abierto y ganar cuanto antes las primeras casas del pueblo. Los hombres siguieron moviéndose en dirección a El Casar de Escalona.  En breve iba a comenzar una batalla encarnizada que causaría muchas bajas en ambos bandos. Los cañones republicanos de bajo calibre comenzaron a disparar.

—¡Quiero a la gente desplegada por escuadras! —gritó uno de los mandos del ejército de África, mientras uno de sus aviones sobrevolaba la zona.

—¡Que nadie dispare, están demasiado lejos! —se oyó la voz nerviosa de un mando legionario.

—Hay una ametralladora  en el campanario de la iglesia —anunció otro con los prismáticos en la mano.

—Por eso, digo, joder —respondió el capitán—. Que no se agrupen los hombres, los quiero lejos unos de otros.

—Esa puta ametralladora nos tiene atrancados —gritó otro parapetado detrás de una casa de labor.

—Déjate de hostias y vete tú a callarla —respondió un legionario.

—Los rojos retroceden hacía el pueblo —informó el de los prismáticos.

Cuando los primeros soldados republicanos asomaron a las afueras del pueblo empezó el combate. El fuego que hacían los rojos era endiablado, casi sin pausas, y empezaban a sonar el grito de los heridos.  Pero como los regulares también llegaban por todas partes pegando tiros, los enemigos se vieron obligados a retroceder y dejar el campo abierto.

—¿Cree usted que si retrocedemos podremos pararlos ahí atrás, mi teniente? —se oyó decir en las filas republicanas.

—Creo que sí —respondió—. A ver si los del campanario no se cansan. Hasta ahora se están portado como jabatos.

—También esos hijos de puta de moros le están echando cojones —afirmó el capitán—. ¡Vienen morir en desbandada!, ¡están como drogados!

—¡Venga, que tenemos más con cojones que los moros! —gritó un teniente—. ¡Viva la República!

—Bien jodida va a estar hoy la República, como sigan así estos moros —pensó más de uno para sí mismo.

Las balas republicanas zumbaban por todas partes y destrozaban olivos, higueras, almendros y vides. De entre los olivos  brotaba un clamor de gargantas con voces de ánimo, la mayoría en árabe. Sin embargo, los extensos campos de vides, plantadas a pocos palmos del suelo, de cuyas ramas verdes colgaban racimos de uvas casi maduras, no ofrecían ninguna protección. Las tropas africanas estaban siendo muy castigadas en el último tramo de vides, causando muchas bajas. Pero ya habían abandonado la cautela y corrían en alpargatas hacía la primera tapia del pueblo. Iban a pecho descubierto, animándose entre ellos. Unos corrían en zig-zag y otros en línea recta, para llegar antes a la protección de las paredes. Los hombres seguían llegando a la carrera, tropezando unos con otros, y buscando el refugio entre sus propios compañeros. Se oían gritos y blasfemias de quienes caen muertos o heridos, arrastrándose hasta los troncos de los olivos para allí estar más protegidos.

—¡Echadle huevos, legionarios!…¡Viva España! —se oyó un grito desgarrador cuando los primeros moros ya estaban posicionados entre las primeras casas del pueblo.

Los nacionales se van agrupando a lo largo de paredes de adobe, donde el fuego frontal enemigo y las ráfagas de otra ametralladora arrancan gran cantidad de tierra y trozos de piedra echadiza.

—¡Me han dado, joder, me han dado! —gritó un legionario que ya había llegado a las tapias.

—¿Dónde? —preguntó un compañero.

—¡En el brazo!

—No tienes nada, joder.

—¿Seguro?…Pues me duele mucho.

—Cállate y mira ahí atrás, verás como a esos no les duele ya.

 

De todas formas, la máquina situada en el campanario seguía frenando el avance nacional. Sus balas marcaban la trayectoria de la hipotenusa de un triángulo, en el que el campanario se encontraba en el vértice más alto. Aunque un proyectil de mortero estalló sobre la iglesia, el campanario seguía intacto; después resonaron dos ráfagas de fusil ametrallador que salían de una barricada que los republicanos habían reforzado durante la noche con sacos terreros. Desde la altura, con prismáticos, Castejón contemplaba sin inmutarse cómo saltaban las defensas  enemigas y sus hombres ya habían alcanzado las primeras casas del pueblo, envueltas en negras estelas de humo que alcanzaban hasta el cielo azul del verano.

—Estos moros son un poco hijos de puta, pero valientes como ellos solos —susurró Castejón detrás de sus prismáticos.

Un joven legionario explicaba a gritos cómo hay que cruzar la zona batida y entrar en las casas.

—El fuego enemigo será intenso en los primeros metros, que es el tramo peor, luego disminuirá hasta que lleguemos el cuerpo al cuerpo —explicó a voces su opinión.

—Hace falta mucha rapidez, correr mucho, sin pararse —dijo otro.

El fuego rebelde ruge apuntando al campanario. La ametralladora republicana tenía bien enfiladas las calles y a los moros que por ellas transitaban corriendo en zig-zag, haciendo ochos. El polvo de ladrillo y yeso que los impactos y las explosiones levantan por todas partes, empezaron a impedir la visibilidad. Muchos moros caían heridos de muerte, pero dos de ellos consiguieron entrar en la iglesia a toda la velocidad que les permitían sus alpargatas. En uno de los ángulos del techo había un boquete por el que se veía el cielo azul, un artesonado de madera destrozado y tejas rotas. Una Virgen y un burrito sin cabeza aparecían hechos añicos en el suelo, junto a varias cajas de munición apiladas unas encima de las otras. En el otro extremo estaba la torre y el campanario, al que se accedía por una escalera de madera. Esta fue incendiada de forma inmediata por una granada lanzada por los marroquíes. La bomba de mano estalló tan cerca que el moro pensó que le había quemado la cara. Después, se escondieron en la sacristía y aquí  se tropezaron con un arsenal de fusiles, pistolas y bayonetas.

Al poco rato, la ametralladora dejo de disparar y quienes la manipulaban se arrojaron al vacío. En el suelo fueron rematados a bayonetazos una decena de republicanos que estaban agonizando, porque nadie tenía ganas de hacer prisioneros.

No tardaría el pueblo en quedar en manos sublevadas, mientras las tropas republicanas retrocedían por sus calles y en cuya retirada se produjeron escaramuzas cuerpo a cuerpo y cargas con bayoneta. El Tabor de Regulares llegó con ansias de vengar a sus caídos hermanos de raza, mientras, los atónitos vecinos permanecían escondidos en sus casas. Otros, vestidos con anchas camisas blancas, pantalones oscuros, calzados de alpargatas y con sombrero de paja, salieron con los brazos en alto y desarmados, dando vivas a España. Tras ellos aparecieron los primeros legionarios y marroquíes de regulares. Unas mujeres se asomaron al balcón agitando trapos y sábanas blancas, mientras los perros corrían sin rumbo y ladraban asustados.

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Retrato de Antonio Castejón.

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Juan Antonio Morales Gutiérrez
moralesgutierrez@telefonica.net

Guti para los amigos. Abogado en ejericio e investigador. Autor del libro: Una memoria sin rencor, ambientando en la Segunda República y posterior conflicto bélico

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