Los Comités del Frente Popular y la violencia política en la comarca de Torrijos

Los Comités del Frente Popular y la violencia política en la comarca de Torrijos (1936)

 

I.      Introducción: contexto y estallido de la violencia

 

Resulta difícil imaginar, antes del estallido de la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, que vecinos comunes de las localidades toledanas, como Zoilo Fernández Alonso, conocido como “El Lechoncillo”, pudieran participar en los asesinatos de sus propios paisanos durante aquel verano de violencia desatada. Casos similares se dieron en Fuensalida, con Teófilo Estepa García, implicado en los crímenes cometidos en su pueblo, o en Torrijos, donde Manuel Sánchez Espinosa, apodado “Clavel”, intervino en la muerte del sacerdote Liberio y de los hermanos Yébenes. También miembros del Comité de Burujón participaron en el ajusticiamiento del capitán Alba. La brutalización de estos hechos, cometidos por individuos hasta entonces integrados en la vida cotidiana de sus comunidades, ilustra la magnitud del colapso moral y social provocado por la guerra.

Los estudios posteriores han confirmado que muchas de las principales figuras políticas de izquierdas en la comarca no participaron directamente en los crímenes cometidos durante los primeros meses de la contienda. En la mayoría de los municipios, los máximos responsables republicanos se mostraron contrarios a la violencia y trataron de frenar la espiral represiva que se desató tras el fracaso del golpe militar. Esta actitud, aunque a menudo impotente ante la presión de los comités revolucionarios o de las milicias llegadas de fuera, demuestra que una parte significativa de las autoridades locales intentó mantener el orden y evitar el derramamiento de sangre dentro de sus comunidades.

II.   Origen y naturaleza de los Comités del Frente Popular

 

Como respuesta inmediata al levantamiento militar de julio de 1936 y ante el vacío de poder generado por el colapso de las estructuras estatales, se constituyeron en toda la zona republicana los denominados Comités de Defensa del Frente Popular, también conocidos como Comités de Guerra o, simplemente, Comités. Estos organismos surgieron de manera espontánea, sin coordinación directa con el gobierno provincial de Toledo, y se extendieron rápidamente por todo el territorio leal a la República. Su función principal era ejercer un control político y social sobre las corporaciones municipales, vigilando su actuación y asumiendo, en la práctica, muchas de sus competencias sin llegar formalmente a sustituirlas.

Los Comités se encargaban de supervisar las incautaciones de bienes, las detenciones, los registros, las sanciones económicas y, en numerosos casos, las ejecuciones. Integrados por militantes o simpatizantes de los distintos partidos y sindicatos de izquierdas —PSOE, PCE, Izquierda Republicana, CNT o UGT—, representaban el poder revolucionario local y reflejaban la fragmentación política y la ausencia de autoridad central en los primeros meses de la contienda.

III.   Funciones, estructura y contradicciones internas

 

La actuación de los Comités abarcó un amplio espectro de competencias: controlaban las incautaciones de propiedades, la gestión de las cárceles locales, la imposición de multas, los registros domiciliarios y, en muchos casos, las detenciones y ejecuciones. Sus integrantes solían ser militantes o simpatizantes de los principales partidos y sindicatos obreros del Frente Popular.

El Comité de Torrijos se formó en los días inmediatamente posteriores a la insurrección militar y estableció su sede en una de las dependencias del Ayuntamiento, aunque actuaba con total independencia de la autoridad municipal. En su seno coexistían dos corrientes enfrentadas: por un lado, los partidarios de aplicar medidas extremas, incluidas las ejecuciones; por otro, quienes defendían una actuación más moderada. En la práctica, el Comité operaba de manera autónoma y frecuentemente contraria a las directrices del Ayuntamiento, reflejando la dualidad de poderes que caracterizó la retaguardia republicana.

IV. Actuación de los Comités en los distintos municipios

1. Localidades de moderación y contención de la violencia

Algunos municipios destacaron por su moderación y por haber evitado asesinatos, a pesar de la presión de las milicias o de la población más radicalizada. En Carpio de Tajo, la población salvó la vida de sus vecinos de derechas tras un plebiscito público convocado por milicianos llegados de Madrid. De igual modo, en Gerindote, Nombela y Alcabón, sus alcaldes del Frente Popular —Adrián Rodríguez, Alejandro Martín y Tomás Campos— impidieron que se derramara sangre, demostrando que la violencia no fue universal ni inevitable.

Existen casos aún más notables de contención, como los de Mesegar, Erustes y Los Cerralbos. En Mesegar, el alcalde frentepopulista Arturo Ovejero Herradón evitó muertes y fue defendido por su sucesor franquista. En Erustes, Julián Jerez Vaquerizo, también presidente del Comité, mantuvo el orden y dejó las cuentas municipales equilibradas, recibiendo elogios de su opositor político. En Los Cerralbos, el alcalde Fulgencio Pérez Carrasco actuó con prudencia, evitando detenciones y cooperando incluso con las autoridades franquistas tras la ocupación.

2. Localidades con episodios de violencia o radicalización

En contraste, otras localidades fueron escenario de descontrol y violencia extrema. En Fuensalida, el alcalde Manuel Gómez Escalonilla Zapardiel se centró en tareas económicas, pero no pudo evitar que el Comité cometiera asesinatos. En Torrijos, la familia Calderón sufrió saqueos y ejecuciones; en Santa Cruz de Retamar, el alcalde Segundo Sánchez González intentó frenar las matanzas sin éxito. En Val de Santo Domingo, la tensión derivó en enfrentamientos armados que dejaron víctimas mortales.

El caso más dramático fue el de Caudilla, donde el Comité local, encabezado por Álvaro Rodríguez y su familia, ejecutó al terrateniente Claudio Ruiz Bajo y a sus hijos, culminando años de resentimiento social. Irónicamente, los autores fueron posteriormente fusilados, cerrando así un ciclo de violencia y venganza que simboliza la autodestrucción moral de la guerra.

V. Valoración historiográfica y conclusión

El estudio historiográfico de los Comités del Frente Popular presenta dificultades derivadas de la desaparición deliberada de sus archivos. La reconstrucción de los hechos depende de los sumarios militares y testimonios orales, que deben contrastarse críticamente con otras fuentes locales. Pese a ello, estos materiales permiten comprender la compleja interacción entre la justicia revolucionaria, la improvisación política y la resistencia moral de muchos vecinos.

El historiador Santos Juliá ha señalado que la Guerra Civil fue la culminación de una división histórica que recorrió España durante siglos. Los conspiradores del golpe militar actuaron con plena conciencia de las consecuencias de su decisión, convencidos de que la sublevación era inevitable. Sin embargo, si una parte de los mandos hubiera mantenido su lealtad a la República, la guerra podría haberse evitado. La contienda no fue el resultado inexorable de las tensiones sociales, sino la consecuencia directa de decisiones humanas que fracturaron comunidades y dejaron una herida moral que perduraría durante generaciones.

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Juan Antonio Morales Gutiérrez
moralesgutierrez@telefonica.net

Después de "Una memoria sin rencor", Juan Antonio Morales Gutiérrez y Belén Morales Pérez, padre e hija, presentan la segunda entrega de la trilogía, que es independiente de la primera. Pese a que algunos de sus personajes principales aparecen en ambas narraciones, "Secuelas de una guerra" no es una continuación de aquella; aunque comparten el mismo espíritu y denominador común: narrar acontecimientos históricos con nombres y hechos verdaderos. Este segundo volumen se inicia en julio de 1936, con el asalto al cuartel de la Montaña en Madrid, continúa con los sucesos de Paracuellos del Jarama y finaliza en la primavera de 1981, tras el fallido golpe de Estado del 23-F. Pedro Rivera, alcalde derechista de Gerindote (Toledo), huye a Madrid tras ser expulsado de su pueblo después de la victoria del Frente Popular en los comicios de febrero de 1936. Tras el golpe de militar del 18 de julio, esconde en su portería del barrio de Argüelles a un exministro de la CEDA perseguido por la revolución miliciana, Federico Salmón Amorín. El destino de ambos es la cárcel Modelo de la capital y su posterior asesinato en Paracuellos del Jarama. Después aparecen nuevos personajes, todos ellos militantes del Partido Comunista, uno de los cuales interviene desde el exilio en la resistencia contra el régimen de Hitler y la frustrada invasión del Valle de Arán. Cada uno de sus episodios ha sido extraído fielmente de un hecho verídico; cada uno de ellos tiene una existencia real y una personalidad auténtica. Esta es la historia de esos hombres que sobrevivieron o murieron luchando contra el fascismo. "Secuelas de una guerra" es una novela de reconciliación, de amores, sentimientos y de ausencias, que utiliza el recurso de hacer regresar al pasado bélico a sus protagonistas, mientras relatan cómo vivieron la posguerra y la transición democrática en España.

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